Oh when I'm old and wise".
APP, envejeciendo.
Cuarenta y Ocho.
En algún lugar, y espero que aun sea lejos, tañe una campana.
Cuarenta y ocho, y aun puedo morder un poco más de lo masticable.
Pero no voy a mentir, se me acaba otra vez la provisión de fuegos artificiales.
Y no, no es el mirar atrás lo que duele, nunca lo ha sido. Es por el contrario, el buscar con una mezcla de curiosidad y miedo en los espejos; es el darme cuenta con azoro que este invierno fue más frío, por muy poco que se dé a notar.
Es el sopor de la parálisis dominical; la sorpresa y la admisión del nombre de cosas que -me he-, se me han negado, una y otra vez. Son las máscaras sobre la mesa, y los fármacos que amenazan su lluvia.
Y todavía no puedo soltar, no puedo dejar de tomar por los faldones los sueños que me quedan. No puedo volver a bajar la barbilla, ni dejar de reír por lo más fino y lo más guarro.
Sin embargo, este espacio en mi pecho y en mis horas; ese despertar de mañanas cada vez más frías, detrás de noches cada vez más cortas. Poco a poco, crece el deseo de poder besar a la locura en la boca, y a la vez reparar los circuitos dañados por el uso, por el tiempo y el polvo que todos -ellos y yo-, hemos dejado entrar en el alma.
¿Cómo hacer crecer los brazos y asir lo que escapa por siempre? ¿Cómo ir cruzando casillas, completar una lista que no termina?
Tal vez (¡dong!) este número inminente (¡dong!) que entra en cuenta atrás (¡dong!), sea el punto de partida, tal vez haya metas por aquí cerca. Acaso al fin y al cabo la historia sea sólo consumir el tiempo hasta ver tres letras, y no dejar piedra sobre piedra.
Tal vez haya ojos que mirar; tal vez el destino sí existe, o todavía no ha nacido; cuando sea, será justo a tiempo y demasiado tarde.
Mientras tanto abrázame; vamos a beber y a comer y escupir en la entropía. Ayúdame a meter calor en este cuerpo que se muere.
Y no digas nada más.
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