lunes, 16 de mayo de 2016

Principios, fines y viceversas.

Icebergs.

    Brindemos entonces por las cosas que poco importan, o que no lo hacen en lo absoluto. Esta otra que vaya por las mujeres que no saben, fingen no saber o aun que evitan hablar de lo hermosas y devastadoras que son.
    Así no sentiremos el lento y discreto trueno del glaciar nuestro, no oiremos el estruendo de la fragmentación, y el dolor será menos extraño y -ojalá- menos exquisito.
    Y ahora acabemos de una vez con todo esto.



Enigma Exclusivo.

Soy una puerta abierta.
Soy el embrión de mí.
Soy el fantasma de un soldado
que murió antes de la batalla.
Soy la Obra Maestra más mediocre.
Soy el grito en la colina,
el aullido atávico,
un gemido no identificado.
Soy el mejor intento,
el fracaso más contundente
y el triunfo más amargo.
Soy la risa más sincera
brillando sobre el dolor;
el hombre más amable
solo entre tantos villanos,
sorbiendo la soledad hipócritamente.
Soy un perro perdido
en un bosque lozano
más absoluto y más verde
que la Esperanza misma.
Soy un beso lujurioso
convertido en ternura
convertida en decepción,
convertida en un vacío en mi pecho,
convertido en otro día más.
Soy mi propio acertijo,
mi enigma exclusivo.
¿Quién soy?



Derrumbar la piedra. (Divisas Extrañas).

    Ahora veamos del otro lado del espejo. ¿Qué otro recurso hay, más que encoger los hombros, sonreír  y partir? Si después de la hora doce el día no fue diferente, aun contra toda la fuerza hidráulica en mi pecho. No eres 'una más', porque eres tú -y siempre serás-, pero aun pintándome de cielo termino siendo el mismo peñasco frente al mar. Y si tú antes fuiste un hada en la memoria infantil, ahora eres dolor puro, desde tu nombre mismo hasta el enigma de tu piel. Y ese dolor no basta ahora, no puedo -aunque quiera, y quiero- usarlo como brújula.
    Así que por favor, deja de sonar tu risa en mi mente, para ya de untar tu voz en mi memoria. Tengo que irme a derrumbar la piedra que soy, hay cosas por hacer, lugares que ensuciar, pieles que magullar. He peleado contra esta quimera antes y aun lisiado, sobreviví. Pero tengo que ir a otro lugar, encontrar alguien más por quién sentir que el mundo gira realmente. Porque no lo parece después de ti. Sus ojos serán diferentes, y dudo mucho que entienda mis chistes idiotas, pero al menos estará con el hombre correcto.
    Y si después de esta llovizna ves que sonrío, sabe que en parte es tu obra. O, simplemente abúrrete de él y sus épicos pectorales y dame otra oportunidad. :)

"I need a chance, a second chance, a third chance, a fourth chance, a word, a signal, a nod, a little breath...". R.E.M.. Strange Currencies.




Boys Just Wanna Have Fun.

Sigue intrigándome cómo se vive aquí, cómo todo ese espacio lleno de nada que quedó despues de ella puede sostenerse sin colapsar. Quiero averiguarlo.
Porque al parecer es verdad que la Naturaleza odia el Vacío, y qué caray, resulta que yo soy parte de ella. Ni siquiera, de todas las cosas que ignoro, sabía eso.
Por hoy todo se traduce en querer colgar del candelero, en averiguar la correcta densidad del alcohol y cómo se flota y se hunde en él, en tener brevemente, caminar con sonrisa avergonzada por las mañanas y hacer lo imposible por conseguirlo. Full Selfish Mode, On.

"I've been feeling so wrong, doing the right thing. I couldn't lie... everything that kills me makes me feel alive". One Republic. Counting Stars.

jueves, 5 de mayo de 2016

Del mínimo deceso. Parte 2. Día bueno, día malo.

Tragedia. Griega.

    Los días nuevos son extraños hoy que he decidido ser otro, hoy que tomo posesión de mi propiedad. Lo más sorprendente es el silencio y su urgencia por llenarse, y lo que solía llamar corazón realizando sólo su función original. Ruego a Palas por que esta negación dure por siempre. Y casi por nada más.
    Y aunque el alma quiera extraviarse es consuelo agridulce el que no tenga adónde ir; Psique ha perdido brújula y mapa. Es casi una bendición no escuchar tu voz de sirena sedosa y estoy considerando seriamente conseguir cera. Se perfectamente que en cuanto hables volveré a encallar.
    Así que tomo vacaciones. Se solicitan Circes de regular a excelente presencia para convertir a Fallido Héroe en animal, de preferencia de presa, y así evitar volver al Tártaro a amar de balde. Arpías y gorgonas abstenerse, amazonas bienvenidas.
    Lo prometo: pronto me haré unas alas con cera y plumas de cuervo agorero, y volaré tan alto que casi tocaré a Helios. Y al fin seré libre.






Pequeña Muerte.

    El viento comienza a aullar quedo al principio, apenas audible. Habla de certezas y rupturas, de carencias, dice: "no eres apto, no bastas, no eres uno, no eres como... debes morir y revivir a tu mundo y a tu vida". Y eso lo acepto. Siempre he creído en lo relativo y lo absoluto.
    Pero entonces surge la sombra y el mar se pica, enloquece y amenaza. He sido, digamos, incepcionado: "no eres ése, no eres hombre". Y quiero huír y perderme otra vez, pero se que es inútil jugar a las escondidas con la verdad; tengo que matar al monstruo artificial y quizá crecer un poco. No se qué duele más, si la certeza de lo imposible con lo improbable o la lástima que inspira; si el tener que matar lo poco bueno con lo malo o que voy a extrañar odiarme tanto. Quizá me odie más aun, o quizá deteste todavía más el no haber podido ser querido por quien fui. Ese es en realidad mi auténtico, definitivo fracaso.
    Tristísimo es que si algo bueno surge de esta llamarada de fénix estará manchado para siempre por el hubiera. Pero sí parece innegable que ser yo no sirve, es anómalo, auténticamente monstruoso. Y aun así importa tan poco, como me quedó claro no hace mucho.
    Desearía sin embargo que alguien llorara un poco por el que está muriendo, y menos por el que puede venir. Quizá él o sea tan bueno como yo lo fui.



martes, 3 de mayo de 2016

Del Minimo Deceso. Parte 1.

Estoy muerto y mori de amor;
entierrame en la caja de las fotos.
Mejor aun, cremame
en el fuego de tu voz
ahora que soy sordo a ella.
No cantes elegias o reces por mi alma,
la perdi en tus ojos,
se ahogo en los hoyuelos
de tu sonrisa infalible.
Dejame, por Dios, descansar en paz.
Estoy muerto.



En este vacio reino,
cuando en tu mundo seria vasallo.
Ahora, en este momento,
realmente prefiero reinar en mi Infierno
a ser tu subdito compadecido
o a ser martir por tu fe vacia,
llena del amor que yo no quiero.


(continuara...)


viernes, 29 de abril de 2016

Breve regresión a días insólitamente mejores.

Un día.

Un día me volví loco
y guardé tu silencio entre mis manos,
y me senté rebelde a verte sonreír
queriendo matar el amor sin conseguirlo.
La noche de ese día lloré
a sabiendas que mañana no habría nada,
y devoré las horas rencoroso
mirando las manos que querían tenerte.
Dos días antes extravié tus ojos,
me negué tres veces y olvidé
que empeñé el último trozo de mi alma
en tu sonrisa.


Pentagrama.

Porque a veces buscas en los ángeles
lo que quieres ver en las mujeres;
porque a veces lo correcto
es escoger un átomo al azar,
una célula de las muchas que hay en ti,
y simplemente destruír es verbo y carne.
Porque quieres y no alcanzas,
y vida y cordura y amor y todo sustantivo
se vuelven mercurio de un gotero,
y sientes tu cerebro calibre .22
y quieres disparar a todo con los ojos:
bang-bang, my baby shot me down.
Porque la miras irse y los ves reírse,
y pintas un mundo esquizoideal,
donde tus torpes manos crean cielos
y arboles de miel/limón y muertes dulces,
y héroes tristes fumando inflexibles
junto a tanques de gas.
Porque ves la salvación y la dejas pasar,
ves la redención y te preguntas
qué tan bien arderá tu alma en el Infierno.
Porque no tienes remedio ni cura,
porque vivir y amar son tu paliativo, tu morfina,
porque la soledad es tu pentagrama, tu mordida,
tu maldición de elección.



Cuarenta y dos

Dios bendiga estos cuatro muros
y estos cuarenta y dos años,
y guarde la torpeza de mis manos,
el hambre de mis ojos y la de mi boca.

Dios, bendice este vacío
creciendo entre mis brazos
y el ritmo de mi corazón
latiendo para nadie más que ella.



Quiero ver en tus ojos
el fin de todo dolor,
la cura de la fiebre y la locura
y el eco de una casa vacía.

Quiero la vida que rezuma
de tus labios como néctar,
quiero quemar tus hombros desnudos
con mis manos como brasas.

Quiero sostener tu equilibrio,
recibir la lluvia en mi espalda
y quemarme en tu lugar,
y besar tus heridas hasta que no duelan.

Quiero ser tu casa,
tu prado y tu cueva;
quiero ser tu credo
y tu creyente muerto en el martirio.

Quiero amarte en los eones,
en las galaxias invisibles,
en cada mueble y rincón,
en la euforia y en la furia.



sábado, 23 de abril de 2016

Control de Daños. Una cronica.

    Cuando escribi "road trip" no supe que tan profetico estaba siendo. Porque la idea es que tanto real como metaforicamente, lo que importa, lo que muta las cosas de "antes" a "despues" es el camino y no, supuestamente, el destino. Pero ¿cuantas veces nos damos cuenta que el pretendido fin -o mitad, porque el regreso deberia contar tambien-, es igualmente parte del viaje? Porque aqui -alla-, en la Tierra de los Desesperadamente Felices, pasaron tantas cosas, tan buenas como tan malas...
    Hubo castillos derrumbados, hubo corazones rotos, pieles, enojos, placeres. Pero aun mas importante, la decepcion dio un golpe mas, y en todo caso movio -¿subio, bajo... quien podria saberlo?- a un hombre maltrecho e incompleto un peldaño mas en su egoismo, por necesidad, por pura supervivencia. Algo de ese hombre dañado murio un poco ayer. Pero disculpen, es de mala educacion hablar de uno mismo en tercera persona. Y si a alguien acaso le importa, igualmente no hay nada que hacer.
    Es natural esto, sin embargo y segun mi experiencia, en estas ciudades que me encanta visitar pero donde no podria vivir. Tienen una manera de extraer o conjurar lo mejor y lo peor de ti, y casi seguramente lo haran, si vas con la actitud adecuada. Que no es necesariamente la mejor.
    La mañana de resaca trae aun un poco de paz. Salsa, sol, ron, agua. Quince minutos o media hora de paz en serio, de un ambiguo bienestar. Las memorias de anoche, eventos ajenos sin conciencia ni remordimiento. Sin culpa alguna, incluso cuando paso a ser protagonista. Una enfermera hermosa en su imperfeccion pone un parche donde suele doler, donde acaso comience a sanar. Y si, sin culpa, pero al final de esa noche los ojos se cierran y un sollozo mediocre queda trabado, las sensaciones permanecen un segundo, un milenio mas, y duelen. Duelen deliciosas.
    Pero hoy todo eso ya es memoria, documentos mentales que regresaran ya haya voluntad de ello o no, sea necesario o no. El dia pasa hirviendo al sol, la noche comienza a oler -por fin!- a rocanrol y las mujeres van cobrando formas mas y mas sensoriales, y mas misteriosas -¿si cabe?-. En la madrugada salvaje y grosera la piel vuelve a ser estrella, y mi presencia opaca aun mas la de los animales que abrevan donde bellas gacelas pastan. Esta vez ninguna se aproxima, porque no estoy ahi para eso, ni nada mas en realidad. Leo devasta a cada minima prenda que se quita y su belleza casi imposible una flor entre todo ese lodo; Ginger se vuelve la Caperucita Negra y el Lobo aulla lastimero al dejarla atras, comprobando efectivamente que los dulces sueños estan hechos de esto, quien soy yo para disentir... No lo parece, pero es hora de comenzar a volver, y llevar al mundo real el virus que he contraido.            Con el ultimo par de bofetadas que me propina el whiskey me doy cuenta que la melancolia de ayer no era mas que el luto disimulado por las partes de mi que vinieron -fueron- a morir en este Wonderland carnal, alcoholico, histerico. Para eso, parece afirmarse, es el pecado.
    El sol vuelve para quemar las evidencias y el viaje comienza a acabar. Se llora lo que fue y lo que no, y tambien lo que pudo ser. Se hacen promesas, se ofrecen conclusiones, empieza la curacion. Quiza un dia este completo y me sienta tan vivo. Quiza algun dia lo soñado coincida con lo necesario. Quiza -solamente quiza- de todos los tugurios en el mundo ella entre en el mio. Hasta entonces negare la redencion.


Odalisca.
    Que suave es tu piel bajo mi mano aspera y que solida la indiferencia tras tus ojos. Que mullida tu cintura, y Santa Madre de las Hetairas, tu olor. Tu olor, frutal y carnal al mismo tiempo, asi es como deben oler las droseras. Y el contacto de tu turgencia, la presion de tu consistencia, de tu densidad magnificamente sensual. A ratos mi cerebro se quema con visiones de triangulos fosforescentes, de redondeces que se antojan lovecraftianas; desciendes sobre mi y me pones en el Tartaro. De repente tu mano presiona, acaricia, pellizca con suave firmeza, y yo enloquezco discretamente. Una hora despues seras agridulce, bendecida y abstracta a la vez. Recuerdos sensoriales sin un nombre. Y la sed, Santa Madre de las Huries, la sed...


viernes, 8 de abril de 2016

Más, Directo del Cuaderno...

El Carrusel Imperfecto.

    Aspiro a cabalgar el Engrane Misterioso con la más sincera, si no la mejor de las sonrisas. Por hoy al menos me queda claro que el esquema es circular, que nada termina realmente, que no es el Azar el auténtico motor sino que la máquina está embrujada por la Probabilidad.
    Desearía de todo corazón no tener que reparar el mecanismo, que mis elipses fueran elegantes y mis círculos infalibles. Este es, sin embargo, un carrusel imperfecto y acaso eso sea bueno; quizá lo mejor sea vernos pasar sonriendo y pidiendo un giro más rápido.
    Lo que sí te puedo prometer es quererte cuando las órbitas nos acerquen, extrañarte durante los afelios. El resto depende de cómo calcules los diámetros.

"I'm breaking through, I'm bending spoons, I'm keeping flowers in full bloom. I´m looking for answers from the Great Beyond". (R.E.M., The Great Beyond).




Toda la luz del mundo.

Vuelvo a abrir los ojos,
y el tiempo ya acaricia su campana.
El lugar donde parecía estar mi alma
comienza a vaciarse de nuevo.
Te vas otra vez,
con tu pequeña sonrisa
y ese lunar que absorbe
toda la luz del mundo.
Queda por resolver
cómo haré para ver sin ti.










viernes, 11 de marzo de 2016

PERFECTIBLE.

    Como todo buen hombre dedicado a lo suyo, Negrete siempre tuvo la certeza de que lo que veía era la realidad, y dudarlo equivaldría a ser menos, un grado menos perceptivo y preciso, lo cual para él equivalía a ser menos que humano. ¡Cómo gozaba al advertir a los demás de sus probables errores, y cómo se solazaba en los elogios hipócritamente francos y los sutiles fruncimientos de labios que revelaban la presencia de la envidia en sus compañeros de trabajo y de vida en general! Era el hombre preciso, en el lugar y en el momento precisos y con el sentido común más claro.
    De más está decir que Negrete pocas veces era tratado tan bien cuando volvía la espalda; pero esto él lo sabía y lo reconocía como natural. Era superior, mejor que los demás y no le daba pena reconocerlo. Sabía que los demás no disfrutarían de alguien que les recordara qué tan descuidados eran.
    Por ejemplo, aquella noche de Año Nuevo en que Guadalupe, su mujer desde hacía veinte años, su fiel, mas nada perfecta compañera y madre de sus dos hijos adolescentes, lavaba los trastes. Guadalupe, a fuerza de costumbre, lavaba y secaba a conciencia todos los trastos usados esa noche familiar mientras los parientese y uno que otro amigo colado remataban con buen humor su sidra, la cuba o el tequilita. Era una noche muy especial, una noche de paz y de promesas de cambio para bien. Guadalupe recordaba por sobre todas, las noches de Año Nuevo de su infancia y adolescencia cuando su madre la miraba y le decía:
-No Lupita, deja ahí. Hoy no tienes que hacerlo. Es Año Nuevo y debemos estar todos juntos compartiendo. Mañana habrá tiempo suficiente para lavar el trasterío. Vamos a la sala, que tu tía Fernanda acaba de llegar y quiere que todos sus sobrinos le den su abrazo...
    Y Guadalupe recordab, y soñaba. Guillermo sin embargo, no era tan flexible. Era "un hombre perfectible", como él decía, y elogiaba la perfección y la precisión por sobre todas las cosas. Mas Gaudalupe estaba quizá un poco distraída esa noche, y guardó un refractario de un juego junto con los de otro. Este era de-froma-cuadrada, y los había acomodado con los de-forma-rectangular. Guadalupe se dió cuenta del terrible error justo cuando Guillermo entraba a la cocina a buscar más refresco de toronja para el tequila de los invitados, y su ojo de águila reconoció el gazapo en fracciones de segundo.
-Gorda... ¿otra vez?
-Sí mi amor, Ya lo noté. Es que estoy un poquito cansada. Pero ahorita lo acomodo, en cuanto termine con los demás trastes.
-Guadalupe, Guadalupe... ¿Por qué luego? Después se te va a olvidar y eso se va a quedar ahí. ¿Sabes cómo se llama eso, Guadalupe? Desorden. Caos. Suciedad. Descuido. No, hazlo, anda...
    Guadalupe ya había pasado por suficientes escenitas de ese tipo como para saber que el reproche de Guillermo era auténtico y tan sincero como para provocar un disgusto familiar. Así que volvió a subirse al taburete y volvió a acomodar los refractarios. En perfecto orden. Y por supuesto, la exagerada meticulosidad de Guillermo se extendía, no sólo al resto de su familia, sino al de la raza humana.
    Pero de lo que más se preciaba Guillermo Negrete era de su precisión para determinar los hechos. Siempre tenía la razón. Siempre... Fuera un error de tipografía por parte de su secretaria (que detestaba tomar dictado o redactar correspondencia), o un descuido en la tarea de álgebra de sus hijos (que odiaban la insistencia de su padre en ayudarlos a hacer sus deberes escolares) o un casi siempre minúsculo embrollo causado por un dato mal emplazado en una hoja de cálculo en la computadora de un subalterno (todos los que trabajaban a sus órdenes fruncían el gesto cuando el Licenciado Negrete supervisaba).
    Una noche Negrete viajaba por la carretera en su auto impecablemente revisado, muy bien preparado para los negocios y acaso un poco de placer furtivo en otra ciudad. Negrete nunca había creído en los OVNIS, consideraba obviamente que eran fantasías colectivas de gente ignorante e incluso que quien clamaba haber sido visitado por semejantes efectos especiales estaba definitivamente mal del coco. Pero una de las mejores cualidades de Guillermo Negrete, que era un hombre perfectible, no perfeccionista como lo llamaban, era precisamente reconocer cuando podía cambiar de parecer, siempre por supuesto en privado. Por eso cuando la luz apareció frente a su automóvil en aquella solitaria carretera, Negrete estaba plenamente convencido de que sabía lo que veía. La luz, blanca por supuesto, se posó sobre el camino con lo que innegablemente se podría llamar Majestuosidad. Con su habitual tino, Negrete apreció que Lucas y Spielberg simplemente no sabían nada acerca de como los OVNIS aterrizaban.
    Tanto misteriosa como predeciblemente, su auto dejó de funcionar, pero Negrete no supo (y jamás confesaría eso) ni cómo ni cuándo. Mucho menos por qué. Había perdido todo sentido del tiempo, mas seguro como estaba de que un encuentro cercano del tercer tipo era una experiencia que se debía vivir a tope -¡y nada más importante que las experiencias de la vida!-, no le importó; ya habría ocasión de hacer cálculos certeros. Así que con determinación salió del auto, que se había detenido por sabría Dios qué fuerza, sin desviar su atención y contempló la luz, parado frente a su carro, expectante. Su vista infalible era desafiada por la pureza del tono blanco de aquel resplandor, y a la vez porque podía apreciar colores imposibles y hermosos fluyendo dentro de ella. Transfigurado, susurró un "ay, Dios" entrecortado; sus labios apenas se movieron. Supo entonces lo que realmente significaba pensar en voz alta, pero no logró distinguir hasta dónde pensaba realmente o desde dónde comenzaba a sentir. Y como no lo distinguía, no lo sabía, y tal inconsistencia no le molesto en ese momento.
    Apenas había decidido acercarse a la luz y 'tocarla' cuando percibió las figuras. Dos humanoides caminaban hacia él con paso muy tranquilo, casi con parsimonia o incluso petulancia, como si no pudieran ser menos que superiores a él. Y Negrete por su parte estaba seguro de que lo eran.
    Los dos hombres, y Negrete no se equivocó en eso, los dos eran del género masculino, terminaron de cubrir la distancia entre los tres. Lo miraron, sonriendo una amabilidad realmente ultraterrena, y el más hermoso -no pudo menos que pensar eso- le habló:
-Hola, Guillermo Negrete.
    Y por supuesto que no le sorprendió que el desconocido supiera su nombre.
-Hola... ustedes...- formuló la respuesta tal y como debía, tal y como quiso; en parte preguntando, en parte dando pie a algo más. Pero nunca recibió más respuesta. Los miró a los ojos, preguntándose fugazmente si lo iban a llevar con ellos, a un lugar de ciencia y máquinas perfectas y de resoluciones sencillas a los enigmas de ese mundo atrozmente imperfecto.
    Los ojos del que hablaba con él eran de un azul como nunca lo había visto. Su melena corta era realmente dorada y rodeaba el rostro quizá un tanto afeminado (¡tan hermoso era!), como un halo traslúcido a causa del resplandor que los rodeaba. Su ropa era azul, la camisa un poco más oscura que el pantalón. Lo más impresionante era sin embargo el extraño mismo. Era alto, lucía fuerte sin ser musculoso, con un porte y un aire de nobleza e incluso de pureza indudable.Negrete miró en sus ojos pues, y su faz, su sonrisa, el azul ignoto de sus iris hablaba nada más que de paz. Y el hombre rubio habló, y sus palabras fueron de oro.
-Debes venir con nosotros, Guillermo Negrete-. El rubio sonrió nuevamente, se dio vuleta y se fue por el mismo camino hacia el interior de la luz.
    Fue entonces cuando el otro extraño fue verdaderamente notado por Negrete. Era muy alto, y lastimosamente delgado y pálido. El azul medianoche de sus ropas le daba un cierto aspecto de elegancia, pero también de intensa sobriedad... literalmente. Negrete percibió en su mente la expresión tal cual, "sobriedad intensa", somo si su rostro inexpresivo y pálido, y quizá algo triste, delatara que su seriedad era la única forma de pasión que sería expresada por él, pero que esa sobriedad era precisamente, una forma de pasión.
    El desconocido le tendió la mano delgada y maciza. Negrete la tomó una vez pasada la ráfaga conjunta de duda y m iedo -un profundo y sincero miedo- que lo inundó de repente. Pero el miedo desapareció una vez que Negrete sintió, y así precisamente, que debía ir con él. Los dos caminaron en pos del primero, hacia la luz.
    Entrar a ese OVNI fue la más extraña y hermosa experiencia jamás vivida por Guillermo Negrete. Era hermosa, porque a través del velo de sus sentidos, Negrete sabía -sin adjetivos, sin grados ni condiciones-, que estaba ahí; que estaba viviendo ese momento trascendente y que todo era cierto. Era extraña sin embargo, porque el OVNI, la 'nave interestelar' no era lo que esperaba. Negrete pensó en franquear el acceso, o la escotilla, y encontrar una estancia grande, de tenue atmósfera new age y salpicada de luces y botones y símbolos ilegibles; portadora de mandos, controles, instrumentos y sillones absorbentes o planchas de laboratóricos exámenes hechas de metal desconocido. Lo único que encontró fue más luz, una luz sin bordes ni fronteras, un albor neblinoso infinito a trescientos sesenta grados y tres dimensiones, o quizá más. Ahora, lo más peculiar que Negrete podía sentir, o más bien saber, era una misteriosa certeza de traslado, de movimiento; su auto abandonado y su viaje de negocios suspendido; su vida misma dejada atrás y desconcertantemente, muy abajo. Y también, aunque no hubiera podido asegurarlo, se sentía inmensamente solo; no lleno de esa soledad que le traía el saberse mejor que los demás, infalible, y el poder demostrarlo. Unicamente se sentía solo y un poco ansioso, como quien ha olvidado ir a algún lugar o hacer algo, o como si hubiera olvidado llevar algo consigo. O quizá... ¿a alguien? Pero Negrete nunca había olvidado nada, nunca se había sentido así y por lo tanto no podía reconocer la sensación plenamente.
    Y tanta era su soledad que al darse cuenta que el extraño de cabellera negra -por alguna razón Negrete no podía llamarlo alienígena-, seguía a su lado, se sobresaltó. Negrete se volvió hacia él y miró su rostro impasible. -¿A... uhm, a dónde vamos...?- preguntó, un poco turbado al encontrar los grises ojos.
    Lo que siguió, Negrete no supo cómo manejarlo. El extraño lo miró fijamente, y su tristeza lo conmovió profundamente y a la vez lo asustó; pero lo más extraño fue lo que el hombre dijo, y cómo. Porque Negrete no entendió una sílaba.
    Sí, el extraño habló, mas su voz tersa y grave fue un canturreo de sonidos en un idioma desconocido que Negrete pudo interpretar como mezcla de Ruso, Inglés, Swahili, dialecto Jawa y los indescifrables tonos de un fax; todo grabado unto en una cinta magnetofónica tocada en reversa.
    -Ah...- contestó demudado, y decidió esperar a que viniera el hombre rubio antes de preguntar nada. Pura, inalterada sensatez.
    Tiempo después -aunque, ¿cuánto?-, el rubio llegó, justo cuando Negrete analizaba y comprendía la apremiante sensación que lo embargaba. Ese cosquilleo sólo podía significar que, adondequiera que fuese, ya habían llegado a su destino.
    El extraterrestre -porque extrañamente, Negrete sí podía llamarlo así-, llegó como saliendo de la nada y sonrió una vez más al terrícola. Negrete notó un considerable aumento del apremio en su interior, pero "al contacto" con la hermosa sonrisa, se transformó en una euforia, pues sí, proporciones cósmicas.
-Ya hemos llegado, Guillermo Negrete-, y la sonrisa era más hermosa que nunca.
-¿Dónde, qué es aquí, qué...?
-Es El lugar, Guillermo, a donde al fin perteneces...
    Negrete nunca supo cómo, pero la "nube de luz" se desvaneció alrededor de ellos. Y la sustituyó un lugar hermoso, un sueño de dimensiones eternas y gozosos significados, y a poca distancia de ellos, un extraño con ropa blancas extendía su mano libre. En la otra una llamarada de fuego brilló, al franquear el paso hacia el centro de la inenarrable paz que golpeaba a Negrete como olas de un agua invisible. Negrete comprendió. Todo.
    Entendió que nunca supo cuando se quedó dormido sobre el volante. Supo que no había sufrido al salirse del camino y volcarse; se alivió al saber que Rita, su amante diez años menor que Guadalupe, no estaba ahí con él. Sintió pena por dejarla olvidada así, sin despedirse.
    Volteó sin sobresaltos, y preguntó al extraño:-¿Cómo... cuáles son sus nombres? ¿Tienen alguno?
    El rubio simplemente contestó: Uziel...
    El moreno trinó en su lengua extraña, que Negrete ahora podía entender y supo se llamaba Enoquiano, al menos en algunos lugares: Azrael.
    Y cuando vió al Hombre sentado a la Derecha de aquel Trono indescriptible, supo dónde estaba, y esta vez... pues, esta vez no se equivocó.