viernes, 29 de abril de 2016

Breve regresión a días insólitamente mejores.

Un día.

Un día me volví loco
y guardé tu silencio entre mis manos,
y me senté rebelde a verte sonreír
queriendo matar el amor sin conseguirlo.
La noche de ese día lloré
a sabiendas que mañana no habría nada,
y devoré las horas rencoroso
mirando las manos que querían tenerte.
Dos días antes extravié tus ojos,
me negué tres veces y olvidé
que empeñé el último trozo de mi alma
en tu sonrisa.


Pentagrama.

Porque a veces buscas en los ángeles
lo que quieres ver en las mujeres;
porque a veces lo correcto
es escoger un átomo al azar,
una célula de las muchas que hay en ti,
y simplemente destruír es verbo y carne.
Porque quieres y no alcanzas,
y vida y cordura y amor y todo sustantivo
se vuelven mercurio de un gotero,
y sientes tu cerebro calibre .22
y quieres disparar a todo con los ojos:
bang-bang, my baby shot me down.
Porque la miras irse y los ves reírse,
y pintas un mundo esquizoideal,
donde tus torpes manos crean cielos
y arboles de miel/limón y muertes dulces,
y héroes tristes fumando inflexibles
junto a tanques de gas.
Porque ves la salvación y la dejas pasar,
ves la redención y te preguntas
qué tan bien arderá tu alma en el Infierno.
Porque no tienes remedio ni cura,
porque vivir y amar son tu paliativo, tu morfina,
porque la soledad es tu pentagrama, tu mordida,
tu maldición de elección.



Cuarenta y dos

Dios bendiga estos cuatro muros
y estos cuarenta y dos años,
y guarde la torpeza de mis manos,
el hambre de mis ojos y la de mi boca.

Dios, bendice este vacío
creciendo entre mis brazos
y el ritmo de mi corazón
latiendo para nadie más que ella.



Quiero ver en tus ojos
el fin de todo dolor,
la cura de la fiebre y la locura
y el eco de una casa vacía.

Quiero la vida que rezuma
de tus labios como néctar,
quiero quemar tus hombros desnudos
con mis manos como brasas.

Quiero sostener tu equilibrio,
recibir la lluvia en mi espalda
y quemarme en tu lugar,
y besar tus heridas hasta que no duelan.

Quiero ser tu casa,
tu prado y tu cueva;
quiero ser tu credo
y tu creyente muerto en el martirio.

Quiero amarte en los eones,
en las galaxias invisibles,
en cada mueble y rincón,
en la euforia y en la furia.



sábado, 23 de abril de 2016

Control de Daños. Una cronica.

    Cuando escribi "road trip" no supe que tan profetico estaba siendo. Porque la idea es que tanto real como metaforicamente, lo que importa, lo que muta las cosas de "antes" a "despues" es el camino y no, supuestamente, el destino. Pero ¿cuantas veces nos damos cuenta que el pretendido fin -o mitad, porque el regreso deberia contar tambien-, es igualmente parte del viaje? Porque aqui -alla-, en la Tierra de los Desesperadamente Felices, pasaron tantas cosas, tan buenas como tan malas...
    Hubo castillos derrumbados, hubo corazones rotos, pieles, enojos, placeres. Pero aun mas importante, la decepcion dio un golpe mas, y en todo caso movio -¿subio, bajo... quien podria saberlo?- a un hombre maltrecho e incompleto un peldaño mas en su egoismo, por necesidad, por pura supervivencia. Algo de ese hombre dañado murio un poco ayer. Pero disculpen, es de mala educacion hablar de uno mismo en tercera persona. Y si a alguien acaso le importa, igualmente no hay nada que hacer.
    Es natural esto, sin embargo y segun mi experiencia, en estas ciudades que me encanta visitar pero donde no podria vivir. Tienen una manera de extraer o conjurar lo mejor y lo peor de ti, y casi seguramente lo haran, si vas con la actitud adecuada. Que no es necesariamente la mejor.
    La mañana de resaca trae aun un poco de paz. Salsa, sol, ron, agua. Quince minutos o media hora de paz en serio, de un ambiguo bienestar. Las memorias de anoche, eventos ajenos sin conciencia ni remordimiento. Sin culpa alguna, incluso cuando paso a ser protagonista. Una enfermera hermosa en su imperfeccion pone un parche donde suele doler, donde acaso comience a sanar. Y si, sin culpa, pero al final de esa noche los ojos se cierran y un sollozo mediocre queda trabado, las sensaciones permanecen un segundo, un milenio mas, y duelen. Duelen deliciosas.
    Pero hoy todo eso ya es memoria, documentos mentales que regresaran ya haya voluntad de ello o no, sea necesario o no. El dia pasa hirviendo al sol, la noche comienza a oler -por fin!- a rocanrol y las mujeres van cobrando formas mas y mas sensoriales, y mas misteriosas -¿si cabe?-. En la madrugada salvaje y grosera la piel vuelve a ser estrella, y mi presencia opaca aun mas la de los animales que abrevan donde bellas gacelas pastan. Esta vez ninguna se aproxima, porque no estoy ahi para eso, ni nada mas en realidad. Leo devasta a cada minima prenda que se quita y su belleza casi imposible una flor entre todo ese lodo; Ginger se vuelve la Caperucita Negra y el Lobo aulla lastimero al dejarla atras, comprobando efectivamente que los dulces sueños estan hechos de esto, quien soy yo para disentir... No lo parece, pero es hora de comenzar a volver, y llevar al mundo real el virus que he contraido.            Con el ultimo par de bofetadas que me propina el whiskey me doy cuenta que la melancolia de ayer no era mas que el luto disimulado por las partes de mi que vinieron -fueron- a morir en este Wonderland carnal, alcoholico, histerico. Para eso, parece afirmarse, es el pecado.
    El sol vuelve para quemar las evidencias y el viaje comienza a acabar. Se llora lo que fue y lo que no, y tambien lo que pudo ser. Se hacen promesas, se ofrecen conclusiones, empieza la curacion. Quiza un dia este completo y me sienta tan vivo. Quiza algun dia lo soñado coincida con lo necesario. Quiza -solamente quiza- de todos los tugurios en el mundo ella entre en el mio. Hasta entonces negare la redencion.


Odalisca.
    Que suave es tu piel bajo mi mano aspera y que solida la indiferencia tras tus ojos. Que mullida tu cintura, y Santa Madre de las Hetairas, tu olor. Tu olor, frutal y carnal al mismo tiempo, asi es como deben oler las droseras. Y el contacto de tu turgencia, la presion de tu consistencia, de tu densidad magnificamente sensual. A ratos mi cerebro se quema con visiones de triangulos fosforescentes, de redondeces que se antojan lovecraftianas; desciendes sobre mi y me pones en el Tartaro. De repente tu mano presiona, acaricia, pellizca con suave firmeza, y yo enloquezco discretamente. Una hora despues seras agridulce, bendecida y abstracta a la vez. Recuerdos sensoriales sin un nombre. Y la sed, Santa Madre de las Huries, la sed...


viernes, 8 de abril de 2016

Más, Directo del Cuaderno...

El Carrusel Imperfecto.

    Aspiro a cabalgar el Engrane Misterioso con la más sincera, si no la mejor de las sonrisas. Por hoy al menos me queda claro que el esquema es circular, que nada termina realmente, que no es el Azar el auténtico motor sino que la máquina está embrujada por la Probabilidad.
    Desearía de todo corazón no tener que reparar el mecanismo, que mis elipses fueran elegantes y mis círculos infalibles. Este es, sin embargo, un carrusel imperfecto y acaso eso sea bueno; quizá lo mejor sea vernos pasar sonriendo y pidiendo un giro más rápido.
    Lo que sí te puedo prometer es quererte cuando las órbitas nos acerquen, extrañarte durante los afelios. El resto depende de cómo calcules los diámetros.

"I'm breaking through, I'm bending spoons, I'm keeping flowers in full bloom. I´m looking for answers from the Great Beyond". (R.E.M., The Great Beyond).




Toda la luz del mundo.

Vuelvo a abrir los ojos,
y el tiempo ya acaricia su campana.
El lugar donde parecía estar mi alma
comienza a vaciarse de nuevo.
Te vas otra vez,
con tu pequeña sonrisa
y ese lunar que absorbe
toda la luz del mundo.
Queda por resolver
cómo haré para ver sin ti.










viernes, 11 de marzo de 2016

PERFECTIBLE.

    Como todo buen hombre dedicado a lo suyo, Negrete siempre tuvo la certeza de que lo que veía era la realidad, y dudarlo equivaldría a ser menos, un grado menos perceptivo y preciso, lo cual para él equivalía a ser menos que humano. ¡Cómo gozaba al advertir a los demás de sus probables errores, y cómo se solazaba en los elogios hipócritamente francos y los sutiles fruncimientos de labios que revelaban la presencia de la envidia en sus compañeros de trabajo y de vida en general! Era el hombre preciso, en el lugar y en el momento precisos y con el sentido común más claro.
    De más está decir que Negrete pocas veces era tratado tan bien cuando volvía la espalda; pero esto él lo sabía y lo reconocía como natural. Era superior, mejor que los demás y no le daba pena reconocerlo. Sabía que los demás no disfrutarían de alguien que les recordara qué tan descuidados eran.
    Por ejemplo, aquella noche de Año Nuevo en que Guadalupe, su mujer desde hacía veinte años, su fiel, mas nada perfecta compañera y madre de sus dos hijos adolescentes, lavaba los trastes. Guadalupe, a fuerza de costumbre, lavaba y secaba a conciencia todos los trastos usados esa noche familiar mientras los parientese y uno que otro amigo colado remataban con buen humor su sidra, la cuba o el tequilita. Era una noche muy especial, una noche de paz y de promesas de cambio para bien. Guadalupe recordaba por sobre todas, las noches de Año Nuevo de su infancia y adolescencia cuando su madre la miraba y le decía:
-No Lupita, deja ahí. Hoy no tienes que hacerlo. Es Año Nuevo y debemos estar todos juntos compartiendo. Mañana habrá tiempo suficiente para lavar el trasterío. Vamos a la sala, que tu tía Fernanda acaba de llegar y quiere que todos sus sobrinos le den su abrazo...
    Y Guadalupe recordab, y soñaba. Guillermo sin embargo, no era tan flexible. Era "un hombre perfectible", como él decía, y elogiaba la perfección y la precisión por sobre todas las cosas. Mas Gaudalupe estaba quizá un poco distraída esa noche, y guardó un refractario de un juego junto con los de otro. Este era de-froma-cuadrada, y los había acomodado con los de-forma-rectangular. Guadalupe se dió cuenta del terrible error justo cuando Guillermo entraba a la cocina a buscar más refresco de toronja para el tequila de los invitados, y su ojo de águila reconoció el gazapo en fracciones de segundo.
-Gorda... ¿otra vez?
-Sí mi amor, Ya lo noté. Es que estoy un poquito cansada. Pero ahorita lo acomodo, en cuanto termine con los demás trastes.
-Guadalupe, Guadalupe... ¿Por qué luego? Después se te va a olvidar y eso se va a quedar ahí. ¿Sabes cómo se llama eso, Guadalupe? Desorden. Caos. Suciedad. Descuido. No, hazlo, anda...
    Guadalupe ya había pasado por suficientes escenitas de ese tipo como para saber que el reproche de Guillermo era auténtico y tan sincero como para provocar un disgusto familiar. Así que volvió a subirse al taburete y volvió a acomodar los refractarios. En perfecto orden. Y por supuesto, la exagerada meticulosidad de Guillermo se extendía, no sólo al resto de su familia, sino al de la raza humana.
    Pero de lo que más se preciaba Guillermo Negrete era de su precisión para determinar los hechos. Siempre tenía la razón. Siempre... Fuera un error de tipografía por parte de su secretaria (que detestaba tomar dictado o redactar correspondencia), o un descuido en la tarea de álgebra de sus hijos (que odiaban la insistencia de su padre en ayudarlos a hacer sus deberes escolares) o un casi siempre minúsculo embrollo causado por un dato mal emplazado en una hoja de cálculo en la computadora de un subalterno (todos los que trabajaban a sus órdenes fruncían el gesto cuando el Licenciado Negrete supervisaba).
    Una noche Negrete viajaba por la carretera en su auto impecablemente revisado, muy bien preparado para los negocios y acaso un poco de placer furtivo en otra ciudad. Negrete nunca había creído en los OVNIS, consideraba obviamente que eran fantasías colectivas de gente ignorante e incluso que quien clamaba haber sido visitado por semejantes efectos especiales estaba definitivamente mal del coco. Pero una de las mejores cualidades de Guillermo Negrete, que era un hombre perfectible, no perfeccionista como lo llamaban, era precisamente reconocer cuando podía cambiar de parecer, siempre por supuesto en privado. Por eso cuando la luz apareció frente a su automóvil en aquella solitaria carretera, Negrete estaba plenamente convencido de que sabía lo que veía. La luz, blanca por supuesto, se posó sobre el camino con lo que innegablemente se podría llamar Majestuosidad. Con su habitual tino, Negrete apreció que Lucas y Spielberg simplemente no sabían nada acerca de como los OVNIS aterrizaban.
    Tanto misteriosa como predeciblemente, su auto dejó de funcionar, pero Negrete no supo (y jamás confesaría eso) ni cómo ni cuándo. Mucho menos por qué. Había perdido todo sentido del tiempo, mas seguro como estaba de que un encuentro cercano del tercer tipo era una experiencia que se debía vivir a tope -¡y nada más importante que las experiencias de la vida!-, no le importó; ya habría ocasión de hacer cálculos certeros. Así que con determinación salió del auto, que se había detenido por sabría Dios qué fuerza, sin desviar su atención y contempló la luz, parado frente a su carro, expectante. Su vista infalible era desafiada por la pureza del tono blanco de aquel resplandor, y a la vez porque podía apreciar colores imposibles y hermosos fluyendo dentro de ella. Transfigurado, susurró un "ay, Dios" entrecortado; sus labios apenas se movieron. Supo entonces lo que realmente significaba pensar en voz alta, pero no logró distinguir hasta dónde pensaba realmente o desde dónde comenzaba a sentir. Y como no lo distinguía, no lo sabía, y tal inconsistencia no le molesto en ese momento.
    Apenas había decidido acercarse a la luz y 'tocarla' cuando percibió las figuras. Dos humanoides caminaban hacia él con paso muy tranquilo, casi con parsimonia o incluso petulancia, como si no pudieran ser menos que superiores a él. Y Negrete por su parte estaba seguro de que lo eran.
    Los dos hombres, y Negrete no se equivocó en eso, los dos eran del género masculino, terminaron de cubrir la distancia entre los tres. Lo miraron, sonriendo una amabilidad realmente ultraterrena, y el más hermoso -no pudo menos que pensar eso- le habló:
-Hola, Guillermo Negrete.
    Y por supuesto que no le sorprendió que el desconocido supiera su nombre.
-Hola... ustedes...- formuló la respuesta tal y como debía, tal y como quiso; en parte preguntando, en parte dando pie a algo más. Pero nunca recibió más respuesta. Los miró a los ojos, preguntándose fugazmente si lo iban a llevar con ellos, a un lugar de ciencia y máquinas perfectas y de resoluciones sencillas a los enigmas de ese mundo atrozmente imperfecto.
    Los ojos del que hablaba con él eran de un azul como nunca lo había visto. Su melena corta era realmente dorada y rodeaba el rostro quizá un tanto afeminado (¡tan hermoso era!), como un halo traslúcido a causa del resplandor que los rodeaba. Su ropa era azul, la camisa un poco más oscura que el pantalón. Lo más impresionante era sin embargo el extraño mismo. Era alto, lucía fuerte sin ser musculoso, con un porte y un aire de nobleza e incluso de pureza indudable.Negrete miró en sus ojos pues, y su faz, su sonrisa, el azul ignoto de sus iris hablaba nada más que de paz. Y el hombre rubio habló, y sus palabras fueron de oro.
-Debes venir con nosotros, Guillermo Negrete-. El rubio sonrió nuevamente, se dio vuleta y se fue por el mismo camino hacia el interior de la luz.
    Fue entonces cuando el otro extraño fue verdaderamente notado por Negrete. Era muy alto, y lastimosamente delgado y pálido. El azul medianoche de sus ropas le daba un cierto aspecto de elegancia, pero también de intensa sobriedad... literalmente. Negrete percibió en su mente la expresión tal cual, "sobriedad intensa", somo si su rostro inexpresivo y pálido, y quizá algo triste, delatara que su seriedad era la única forma de pasión que sería expresada por él, pero que esa sobriedad era precisamente, una forma de pasión.
    El desconocido le tendió la mano delgada y maciza. Negrete la tomó una vez pasada la ráfaga conjunta de duda y m iedo -un profundo y sincero miedo- que lo inundó de repente. Pero el miedo desapareció una vez que Negrete sintió, y así precisamente, que debía ir con él. Los dos caminaron en pos del primero, hacia la luz.
    Entrar a ese OVNI fue la más extraña y hermosa experiencia jamás vivida por Guillermo Negrete. Era hermosa, porque a través del velo de sus sentidos, Negrete sabía -sin adjetivos, sin grados ni condiciones-, que estaba ahí; que estaba viviendo ese momento trascendente y que todo era cierto. Era extraña sin embargo, porque el OVNI, la 'nave interestelar' no era lo que esperaba. Negrete pensó en franquear el acceso, o la escotilla, y encontrar una estancia grande, de tenue atmósfera new age y salpicada de luces y botones y símbolos ilegibles; portadora de mandos, controles, instrumentos y sillones absorbentes o planchas de laboratóricos exámenes hechas de metal desconocido. Lo único que encontró fue más luz, una luz sin bordes ni fronteras, un albor neblinoso infinito a trescientos sesenta grados y tres dimensiones, o quizá más. Ahora, lo más peculiar que Negrete podía sentir, o más bien saber, era una misteriosa certeza de traslado, de movimiento; su auto abandonado y su viaje de negocios suspendido; su vida misma dejada atrás y desconcertantemente, muy abajo. Y también, aunque no hubiera podido asegurarlo, se sentía inmensamente solo; no lleno de esa soledad que le traía el saberse mejor que los demás, infalible, y el poder demostrarlo. Unicamente se sentía solo y un poco ansioso, como quien ha olvidado ir a algún lugar o hacer algo, o como si hubiera olvidado llevar algo consigo. O quizá... ¿a alguien? Pero Negrete nunca había olvidado nada, nunca se había sentido así y por lo tanto no podía reconocer la sensación plenamente.
    Y tanta era su soledad que al darse cuenta que el extraño de cabellera negra -por alguna razón Negrete no podía llamarlo alienígena-, seguía a su lado, se sobresaltó. Negrete se volvió hacia él y miró su rostro impasible. -¿A... uhm, a dónde vamos...?- preguntó, un poco turbado al encontrar los grises ojos.
    Lo que siguió, Negrete no supo cómo manejarlo. El extraño lo miró fijamente, y su tristeza lo conmovió profundamente y a la vez lo asustó; pero lo más extraño fue lo que el hombre dijo, y cómo. Porque Negrete no entendió una sílaba.
    Sí, el extraño habló, mas su voz tersa y grave fue un canturreo de sonidos en un idioma desconocido que Negrete pudo interpretar como mezcla de Ruso, Inglés, Swahili, dialecto Jawa y los indescifrables tonos de un fax; todo grabado unto en una cinta magnetofónica tocada en reversa.
    -Ah...- contestó demudado, y decidió esperar a que viniera el hombre rubio antes de preguntar nada. Pura, inalterada sensatez.
    Tiempo después -aunque, ¿cuánto?-, el rubio llegó, justo cuando Negrete analizaba y comprendía la apremiante sensación que lo embargaba. Ese cosquilleo sólo podía significar que, adondequiera que fuese, ya habían llegado a su destino.
    El extraterrestre -porque extrañamente, Negrete sí podía llamarlo así-, llegó como saliendo de la nada y sonrió una vez más al terrícola. Negrete notó un considerable aumento del apremio en su interior, pero "al contacto" con la hermosa sonrisa, se transformó en una euforia, pues sí, proporciones cósmicas.
-Ya hemos llegado, Guillermo Negrete-, y la sonrisa era más hermosa que nunca.
-¿Dónde, qué es aquí, qué...?
-Es El lugar, Guillermo, a donde al fin perteneces...
    Negrete nunca supo cómo, pero la "nube de luz" se desvaneció alrededor de ellos. Y la sustituyó un lugar hermoso, un sueño de dimensiones eternas y gozosos significados, y a poca distancia de ellos, un extraño con ropa blancas extendía su mano libre. En la otra una llamarada de fuego brilló, al franquear el paso hacia el centro de la inenarrable paz que golpeaba a Negrete como olas de un agua invisible. Negrete comprendió. Todo.
    Entendió que nunca supo cuando se quedó dormido sobre el volante. Supo que no había sufrido al salirse del camino y volcarse; se alivió al saber que Rita, su amante diez años menor que Guadalupe, no estaba ahí con él. Sintió pena por dejarla olvidada así, sin despedirse.
    Volteó sin sobresaltos, y preguntó al extraño:-¿Cómo... cuáles son sus nombres? ¿Tienen alguno?
    El rubio simplemente contestó: Uziel...
    El moreno trinó en su lengua extraña, que Negrete ahora podía entender y supo se llamaba Enoquiano, al menos en algunos lugares: Azrael.
    Y cuando vió al Hombre sentado a la Derecha de aquel Trono indescriptible, supo dónde estaba, y esta vez... pues, esta vez no se equivocó.

viernes, 26 de febrero de 2016

Directo del Cuaderno.

Condenado.

Te abrazo porque no estás aquí.
Me lleno el alma con tu olor inventado,
alimentando la demencia
con los sollozos en la trampa del pecho.

Hoy no aguanto más. Y vuelvo a ser
el fantasma abandonado en el bosque,
un cadáver sin novela negra
que cuente su muerte.

Hoy estoy más solo, más desconocido,
más mudo que el viento
en donde no hay nadie.
Hoy no me salvas con la promesa de tu piel.

Rezaría tu nombre aun desconocido
si mi voz no fuera un maleficio,
si mis brazos no trituraran tus alas,
si mi amor no fuera un veneno de tristeza.





Por una Noche.

Ayer te odié por todo el tiempo
que no me permití hacerlo.
Tomé el recuerdo de tus ojos tristes
y tus labios prohibidos
y maldije cada hora de amor
que sentí por ti.
Rompí mi promesa de no culparte
y te reclamé el romper mi alma,
y por esta maldición de miedo;
por tantos años de amar en tierras yermas.
Por una noche dejé de perdonarte.




Si tan solo no fueras tú,
y si mi vida no dependiera
de tus ojos cerrados y tu boca entreabierta.




El Vaivén de tus Párpados.

Estoy pensando en ti tan intensamente
que puedo sentir el eco de tus sueños.
Estás tan intercalada en mi tiempo
que lo puedo medir con el vaivén de tus párpados.
El largo de mis brazos es exactamente
el ancho de tus hombros, la forma de tu cuerpo,
y el aire en mis pulmones es oxígeno, nitrógeno y tu aliento.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Blindar el Corazón.

La mira irse y su pecho se resquebraja suavemente. Se sorprende de cuánto llegó a abarcar su presencia en su vida, de cuántas horas perdió inmerso en la construcción imaginaria de su cuerpo junto a él, de las risas que le provocaría, la contemplación infinita de sus ojos infinitamente dulces. Incluso el descubrimiento paulatino de mil y una imperfecciones que no harían más que cautivarlo a cada eterno segundo.
Ella camina hacia el recuerdo y él no puede hacer más que reprimir la urgencia de ofrecerse en sacrificio, de suavizar su paso con las promesas más abyectas. Y también guarda las probables lágrimas para más tarde, quizá para cuando la noche y el insomnio lleguen a acompañarlo a cantar toda canción que oyó con ella tatuada en los tejidos de la mente, del deseo, de su amor sigiloso y guardado bajo mil llaves.
Y asimismo calla el secreto de que en realidad es él quien parte, quien renuncia a mantener su pecho distendido, quien efectivamente vuelve a blindar el corazón con los mismos juramentos oxidados que hizo la última vez que vió a alguien partir.
Mientras, ella sigue caminando hacia una vida sin él.

sábado, 20 de febrero de 2016

Noches frías bajo la Luna de Tarnesia...

Pues bien, he aquí lo prometido aunque no todo. Para bien o mal, la fecha exacta de mi participación en el Concurso de Ciencia Ficción está perdida en mis archivos, queriendo decir por supuesto, el desorden que los conforma. Pero aquí está la historia, que a fin de cuentas es lo que importa.
Al quedar descartada, quedó prácticamente arrumbada entre los datos de mi computadora personal, pero siempre estuvo ahí, bajo el nombre "The Next", ocultando un significado ya olvidado. Para fines de su publicación en este foro, he cambido el título original por algo menos críptico. Ojalá les divierta o entretenga, poque precisamente ese es el fin, a mi parecer, de historias como ésta, por mucho que contiene una mínima reflexión sobre una idea que ha pasado a formar parte de mi credo personal: Para bien o para mal, la Guerra es el motor que hizo al ser humano alcanzar su estado actual, y quizá lo hará en el futuro. Ojalá les guste, y por supuesto me encantaría cualquier forma de retroalimentación, incluso una crítica despiadada. Después de todo, si fuera una película B tendría un título como... mejor adivínenlo ustedes. :)



Luna de Tarnesia.

-Así es, colegas y camaradas... Todo ha sido desarrollado gracias a la guerra.
     El Profesor Beckinsley devolvió la mirada de desesperación de todos, después de todo, el también estaba desesperado. -Piensen un poco, -prosiguió- sobre todo en el fascinante siglo XX: el gran salto hacia lo que una vez fue "la aldea global"... ¡Debió ser fascinante estar ahí, ver cómo año tras año el mundo empequeñecía...! ¡De las ruedas de caucho al neumático! ¡El video! ¡El rayo láser! ¡La energía atómica! ¿Saben que en un principio los científicos del Proyecto Manhattan no sabían si la reacción en cadena no tendría fin? ¡Imaginen la audacia de esos hombres! Y todo por una guerra mundial, una revuelta, comparada con la Revolución de Io... ¿Y qué fue lo que resultó de esa "espantosa matanza" de diez millones de colonos jovianos? ¡La bomba AM! ¡La clave del viaje interestelar, la propulsión a base de la conflagración entre materia y antimateria! Ah, no saben que afortunados...
     La expresión del rostro del Profesor cambió de desesperación a puro terror... Fácil de imitar.

*
     Del Boletín Holográfico: Misión de Investigación #2-Stohn (Rigel 17). Notas de León Dos Santos Pereyra, Doctor en Antropología:
     En los bosques de Tarnesia, sector prácticamente microscópico de la pequeña pero exótica colonia de Stohn, existe una especie que ha cautivado a los naturalistas. Desde aproximadamente ciento treinta y un años no se descubría una especie como el lobo de Tarnesia. Mucho era debido a las condiciones hostiles y en aquel entonces penosas de las colonizaciones, pero el lobo de Tarnesia, el famoso Xenopseudocanis Smytheii, causó sensación. Los naturalistas imaginaron el potencial evolutivo de un cánido con un pulgar opuesto y luego cayeron hacia atrás como reglas... los legos inventaron historias macabras. Gente tonta.
     Los primeros encuentros fueron fatales, como es natural cada vez que en un planeta o luna recién colonizado el ser humano se topa con una especie salvaje, depredadora y desconocida como en el caso del X. Smytheii; un colono muerto y un científico... digamos, herido. Pero al estudiarlas desde la distancia, fue posible apreciar el comportamiento de las "manadas". Por supuesto, ante el descubrimiento de un pseudocánido cuyas congregaciones manifestaban una estratificación social, distribución de las presas cazadas en comunión y lo más asombroso de todo: una división del trabajo, las mandíbulas de los científicos cayeron.

*
     El Profesor movió la automática de un lado al otro, mientras hacía una pausa evidente, señal de que iba a sumirse en otra de sus peroratas; no obstante, la amenaza de sufrir una herida por disparo de arma fue un poco más temida que soportar la dilecta histeria del ahora enloquecido catedrático.
-Esto prueba mis teorías ahora, ¿eh? Por lo tanto yo tengo la razón esta vez... ¡Je, je! Los  hombres de las cavernas... No hacían más que correr y gimotear cuando un tigre o un... (je) los cazaba... Hasta que inventaron las flechas. Los antiguos se exponían a fracturas masivas, pero no dejaron los caballos como medio de locomoción hasta que se inventó el automóvil... Después de ese hecho particular, las guerras se volvieron cada vez más sofisticadas... ahora los campos de batalla son informáticos, pero las infanterías invasoras siguen marchando una vez que todos los sistemas vitales han sido neutralizados con virus... La Internet original desapareció por eso, todo mundo lo sabe... Material básico de texto, un general alguna vez me dijo-. El profesor pareció tomar aire, pero lo expulsó en un suspiro entrecortado. -¡Los militares! Ellos han controlado todo desde los albores de la civilización... ¡Y me dicen a mí paranoico, ¿creen que no lo sé?¡ Pero eso no importa ahora, ¡¿eh?!- el profesor dio una pequeña patada al cuerpo del Coronel Pacheco. El cadáver pareció mirarlo, sin rencor, sin mofa, su mirada fija parecía más de curiosidad. O quizá era la comprensión final que sintió cuando el Profesor Beckinsley irrumpió en la reunión y le disparó a quemarropa.
*
     La  preparación se podía sentir en el aire. Era tan absoluta que casi parecía engendrada por una conciencia colectiva, aunque el motivo era simplemente la sed de sangre. El gruñido grave y de una frecuencia prácticamente subsónica comenzó en un momento, y todos los escuadrones se enteraron al mismo tiempo de que el momento de atacar estaba  próximo.
         El líder revisó nuevamente sus correas. No quería que algo saliera mal en medio de un ataque...
*
-Se atrevieron a pensar que podríamos encontrar una manera de controlarlos. ¡Maldita sea, apenas podemos comprenderlos!
     El hombre resumió toda la situación en su gesto. Se recargó -o más bien se derrumbó- contra la mesa central. Pudo sentir la energía contenida de los tres investigadores más jóvenes, y por lo mismo alzó la automática de nuevo. Una herida de una automática de pulso de cuarzo no es divertida, y menos del tipo que controla el ejército.
-Escúchenme con cuidado. Todas las historias son ciertas, o al menos parcialmente. Pacheco y yo discutimos anoche... Su estado es comparable al Cro-Magnon ahora. No me explico cómo, pero han aprendido... ¡Escúchenme por favor...! Tienen los medios... Nos aventajan en número... Tenemos que salir de aquí...
     Y de nuevo el Profesor cayó, fue acaso un traspié‚ o la falta de ejercicio en un hombre un poco más allá de la mediana edad, que acababa de tomar por asalto una tienda de campaña y asesinado a un militar entrenado. A fin de cuentas, sólo importaría el que Beckinsley titubeó más de lo debido. White, el doctor de la misión avanzó, y junto con él Joel, uno de los asistentes del laboratorio de xenogenética, que lo golpeó y sujetó, mientras White intentaba desarmarlo. Todos sintieron un poco de alivio, y algo parecido a la lástima por el pobre hombre. Los alaridos de furia -¿o era acaso terror?- del hombre crearon el clima perfecto. Una vez que se extinguieron, un aullido grave, terriblemente familiar, tuvo la magia espeluznante de callar y paralizar a todos.
     El Profesor Barrence William Beckinsley, antropólogo jefe de la expedición a Rigel 17, sin embargo, comenzó reír.
*
         “Las unidades de custodia del Ejército Terrano cayeron, sin el mando de Pacheco. Por su comunicador se oían los frenéticos "códigos de alerta" y la horrible confusión de los que cayeron. Gritos, disparos de armas de plasma y rifles de pulso. Todo esto lo capté como ruido de fondo, y me di cuenta que la protección militar no serviría para nada.
     En  la tienda, yo estaba agazapada bajo una mesa, y veía todo el cuadro de horror. Después de eso solo vi la enorme... la cara frente a mí, y luego la cosa gruñó, con las fauces ensangrentadas. Y en su pata eso llevaba...toda cubierta de sangre, astillada...
     Entonces comprendí qué eran ahora, y lo que iba a suceder con nosotros. Éramos los depositarios de un secreto  terrible, y el secreto debía permanecer guardado”.
     La grabación termina aquí, la Doctora Nilssen (Asistente de Xenobiología), entró en estado de shock a las 04:00, hora de Phobos, y falleció siete horas más tarde, como resultado de las múltiples lesiones.
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     Extracto de las notas del Dr. Dos Santos, no anexadas a Información expedición de Reconocimiento #3-R17/TS. Clasificadas como Alto Secreto:

     Curioso como incluso los científicos a veces creemos lo que desesperadamente queremos. Me refiero a la suposición del "aprendizaje y asimilación", de Beckinsley. Y principalmente se debe a este incidente: un artefacto curioso apareció entre los restos de la referida expedición del 3068, a la que Beckinsley y su equipo fueron, y de la cual solo regresó la Doctora Nilssen. Es simplemente una estaca, pero con un par de particularidades curiosas. Tiene correas, y la base está  forrada con lo que parece cuero de Xenuro, el pseudobóvido que los primeros colonos encontraron, y que los pseudocánidos aún cazan, al parecer. Según los análisis espectrales, es antigua, más de doscientos años. Beckinsley comentaba (por supuesto, el hombre estaba certificadamente loco, a juzgar por sus acciones) que había avistamientos de los pseudocánidos "usando estas como una especie de daga" y luego especulaba que habían aprendido tal cosa de los primeros colonos. Imbécil. Si fuera esto posible, imaginen tan solo lo que podrían hacer a futuras expediciones con todo el armamento perdido en esa expedición. Ridículo.